Pagar el impuesto, diferirlo con un 1031 o repartirlo con una venta en cuotas. La respuesta depende de qué va a pasar con la plata después.
Vender una propiedad que se apreció y se depreció dispara dos cuentas: ganancia de capital sobre la apreciación y recuperación sobre la depreciación. Hay tres maneras habituales de manejarlo, y no están ordenadas de mejor a peor.
Pagarlo es la opción que nadie presenta y a veces es la correcta. Cierra el tema, deja los fondos libres para cualquier cosa, y no cuesta ni estructura ni plazos. Al inversor que quiere salir del real estate, o que necesita la plata para otra cosa, no lo ayuda un diferimiento que lo obliga a volver a comprar con un reloj de 45 días.
El 1031 difiere las dos, siempre que los fondos vayan a una propiedad de inversión de reemplazo dentro de los plazos y no pasen nunca por las manos del vendedor. Es la herramienta más potente para quien seguro va a comprar de nuevo, y la peor para quien capaz no: perder la ventana de identificación convierte el plan en una venta plenamente gravada con la plata ya gastada en honorarios.
La venta en cuotas reparte la ganancia entre los años en que se cobran los pagos, lo que puede mantener al vendedor en tramos más bajos. La recuperación de la depreciación, en cambio, suele reconocerse entera en el año de la venta — así que una propiedad muy depreciada saca menos provecho del que se espera. Y el vendedor ahora es prestamista, con el riesgo de crédito que eso implica.
La decisión no es minimizar el impuesto de este año. Es para qué es la plata.
Esta nota es información general, no asesoría legal, contable ni financiera. Las reglas cambian y cada caso es distinto: consulte el suyo con un profesional matriculado.
Alberto Zaltzberg — Adonait · adonait.com