Un edificio con medidor único absorbe cada aumento de tarifa. Transferirlo se puede, está regulado, y cambia lo que vale la propiedad.
En un edificio de renta con años el agua suele estar en un medidor único y la paga el dueño. La electricidad está más veces individualizada, pero no siempre.
La consecuencia es que cada aumento de tarifa, cada mochila que pierde y cada ducha larga caen sobre la línea de gastos del propietario, y nada de eso se puede trasladar sin un mecanismo.
Los mecanismos son dos: la submedición —instalar medidores individuales y facturar consumo real— y un sistema de prorrateo, que reparte la factura del medidor único entre las unidades según una fórmula basada en ocupantes o en metros. La submedición es más precisa y cuesta capital. El prorrateo es más barato y es el que tiene ataduras regulatorias: cómo se puede facturar, qué cargo administrativo se puede sumar y qué hay que informarle al inquilino están regulados, y las reglas cambian según el estado y a veces según el municipio.
Para un comprador la cuenta es directa. Sacar un gasto recurrente del libro del dueño sube el resultado operativo neto, y a cap rate de mercado eso es un múltiplo del ahorro anual en valor. Es una de las pocas palancas de mejora confiables que no depende de que se muevan las rentas.
Dos advertencias. Implementarlo con contratos vigentes en general no se puede; entra a medida que se renuevan, así que el beneficio se escalona. Y el inquilino lo vive como un aumento de renta se llame como se llame, lo que va en los supuestos de renovación y rotación.
Esta nota es información general, no asesoría legal, contable ni financiera. Las reglas cambian y cada caso es distinto: consulte el suyo con un profesional matriculado.
Alberto Zaltzberg — Adonait · adonait.com